LA REFLEXIÓN: REGALO DE UNA PANDEMIA

by marc chalamanch
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Todo quedó detenido ya hace más de un año con la desconcertante aparición del virus del Covid19, momento en que lo inimaginable devino en real mientras convertíamos muchos imposibles en posibles. En un instante pasamos del asombro paralizador a una reacción inmediata que nos condujo al regalo más íntimo y solidario de esta terrible pandemia, el tiempo para la reflexión. Es ahora, cuando la luz comienza a verse en el horizonte, que recupero las ganas de reunir y de compartir algunas de las reflexiones y pequeñas anotaciones que durante este colapso he escrito.

Muy pocos hubiesen podido imaginar la súbita aparición de este virus que nos va a catapultar a un futuro de incertidumbre, a la “negación del futuro en sí”. No sabemos hasta cuándo durarán sus efectos, si llegará un final o si es el principio de un nunca acabar. Tampoco se conocen los verdaderos costes humano, social, económico y emocional que ha provocado y que provocará; resulta sumamente difícil y doloroso imaginarlo. Lo que sí podemos afirmar es que las pérdidas sin precedentes provocadas por esta pandemia la están padeciendo con más crudeza los de siempre, los países, las comunidades y las personas más pobres y vulnerables.

“Llego al supermercado y permanezco, espantado, dentro del coche en el aparcamiento. Me asombra que haya tanta gente, no sé qué hacer, si marchar o entrar. Parece mentira que me cuestione cosas que hasta hace muy poco hacía sin pensarlas. Un empleado va limpiando los carros del super dejados por doquier, y la gente se dirige velozmente a sus coches con los carros repletos de “todo” y sin apenas levantar la cabeza. Una chica aparca a mi lado, respira profundamente, se coloca la mascarilla y los guantes… y sale del coche. Justo al pasar delante mío se cruza con una amiga, se miran paralizadas, de lejos… Se acercan y en un instante de tensa emoción hacen desaparecer los dos metros de distancia de seguridad. No dicen nada, se abrazan fuerte, muy fuerte, hasta que se separan con lágrimas en sus rostros. Se despiden sin cruzar palabras. Todo está dicho”.

El Covid19 nos ha obligado a vivir el presente pensando en todo y en nada, sin las prisas enceguecedoras de otros tiempos. Llegamos a imaginar, aturdidos, el fin de la humanidad, arrastrándonos a un doloroso tiempo de reflexión. Un intenso y ansioso paréntesis en la búsqueda del nuevo camino, o de un camino, o puede que ingenuamente de un cambio de era o, simplemente, de una era de cambios, ¿hasta conseguir regresar a la normalidad insostenible en la que vivíamos…? Esperemos que no, porque justamente esa normalidad es la que la crisis ha visualizado como el problema, la que nos ha abierto los ojos para no ver normal la no normalidad en la que vivíamos.

De esta crisis sanitaria ya estuvimos advertidos. Nuestra desidia y prepotencia hicieron que no estuviésemos preparados para afrontar sus graves consecuencias. La SARS, la MERS, el Ébola, la Zhikungunya, el Zica o el VIH habían dado toques de aviso, pero sus efectos no habían llegado tan directo al corazón del poder y de la economía mundial, incluidas las incómodas y costosas demandas de epidemiólogos que no fueron escuchadas. Este virus ha demostrado que las verdades científicas y las reglas de la naturaleza no se pueden menospreciar; sobre todo cuando sabemos que el 70% de los brotes epidémicos tienen su inicio en la destrucción masiva de selvas y bosques tropicales. Una devastación que no para de aumentar año tras año.

El Covid19 ha hecho evidente que los seres humanos solo saben pensar y actuar a corto término. Hemos quedado bien retratados. No paramos de investigar, de inventar, de descubrir… pero nos cuesta mucho aprender. Nos hemos dado cuenta de la gran dificultad que tenemos para gestionar lo que desconocemos, para dar respuesta a lo imprevisto; en definitiva, que el conocimiento acumulado no se traduce en inteligencia. Se ha recorrido un largo camino, pero cuando ha llegado el momento de la verdad nos han impuesto el mismo sistema de protección de la Edad Media, el distanciamiento social.

Este distanciamiento social ha puesto de manifiesto el individualismo y la soledad de nuestra sociedad, además de demostrar la desigualdad, el clasismo, el racismo y el supremacismo del mundo en que vivimos. Ha evidenciado que todo lo que movía nuestra vida, como las prisas, el consumo o el reconocimiento, de pronto se convirtieron en innecesario, mientras que lo que dábamos por hecho, como la amistad, la familia y la salud se revelaban como esenciales con su ausencia. Nuestras prioridades han cambiado y puede ser, solo puede ser, que no resulte nada fácil regresar a la frivolidad e injusticia en la que vivíamos. Estamos en el momento de decidir si continuamos viendo en silencio cómo se está depravando el planeta para el beneficio inmediato de unos pocos -mientras nos enfadamos y preocupamos por no poder ir de tapas a una terraza después de una agotadora jornada laboral- o si nos alzamos en contra porque ya hemos entendido que solo con el compromiso, la acción y la responsabilidad de todos podemos impulsar cambios estructurales en nuestra forma de vivir y convivir, revirtiendo así el momento que estamos viviendo.

Nos habían vendido un mundo de futuros visibles, inmediatos y seguros, como si no supiésemos que la incertidumbre forma parte de la esencia de la propia vida. El futuro para unos meses desapareció y con él la red de seguridad que nos escoltaba. Nos habían hecho creer que con un click lo tendríamos todo, que éramos unos dioses, y hemos descubierto que estábamos pisando barro y que nos alimentábamos de sueños vacíos. Durante décadas hemos hablado de llegar a la inmortalidad cuando una epidemia, como tantas otras a lo largo de la historia, nos ha vuelto a demostrar nuestro infinito egocentrismo y nuestra prepotencia.

Con la aparición del covid19 todos se apresuraron a dar luz a las sombras desde la más grande de las oscuridades. Los “sabios” del s. XXI, los expertos, incapaces de callar ni en momentos como estos, se han visto obligados a intelectualizarlo todo, con tal de sentirse profetas de la ignorancia global. Hemos vivido una permanente competición de conocimientos de expertos sobre titulados de todo el mundo para pontificar verdades y dar lecciones. Somos una sociedad que no sabe callar y escuchar, unos necesitan decir cualquier verdad y otros desean la que quieren escuchar. Distópicos y despóticos gritaban ahora mientras la humanidad perdía sus referentes confinada en sus casas y descubriendo su implacable realidad. Hemos vivido una pandemia en directo, en tiempo real y en primera persona desde nuestros refugios, mientras buscábamos inútilmente respuestas inmediatas a lo que estábamos viviendo en un tsunami desbordante de desinformación… En medio de esta pandemia de opinadores, es necesario saber que la opinión es aquello que más odiaban los clásicos griegos, ya que es casi un sinónimo de falsedad. Cuando se opina en público ha de ser para decir alguna cosa, y no para crear confusiones que solo crean el vacío en el “ruido” que nos ha estado martirizando durante los peores momentos de este colapso.

No obstante, los expertos que han monopolizado los discursos sobre la pandemia serán rápidamente sustituidos por la inteligencia artificial, mientras que la sabiduría, la suma de talento y la humildad, es la que tendrá que tomar el relevo para encontrar soluciones a las realidades sobrevenidas en este año de desconciertos. Mientras unos nos han hablado de los árboles, los otros nos han hecho ver el bosque. Necesitamos sabios silenciosos, prudentes y laboriosos, capaces de trabajar con la complejidad de una visión global e integral de los grandes retos de la humanidad. Que lo sepan hacer desde la sencillez y sabiendo escuchar para enfrentarse a la simplificación de las verdades infalibles y absolutas que nos invaden de los que aún no han entendido que saber mucho permite dudar todavía más.

Nacemos dependientes, y esta dependencia se convierte en ley de vida. Después aprendemos que tenemos que ser interdependientes con el mundo que habitamos si queremos sobrevivir. Al mismo tiempo nos han convertido en serviles al transformar esta dependencia en una relación de poder. Una servidumbre que es inapreciable, invisible, voluntaria y orquestada por los poderes y las sofisticadas formas que estructuran la perversa historia de la Humanidad. Esta pandemia ha servido para que este poder cree por decreto y a toda prisa una nueva cultura para relacionarnos y comunicarnos, de hacer, que seguro traerá graves consecuencias, pues la culturas no se pueden decretar, se han crear lentamente en el corazón de la sociedad. Cuando se imponen dejan de ser cultura.

Esta obligada interdependencia fue muy útil durante la primera fase de asombro, miedo y negación del Covid19, con el fin de seguir demostrándonos nuestra enorme capacidad de resiliencia. La humanidad, conscientemente, se ha empoderado para proteger su supervivencia desafiando la selección natural propuesta por el virus. Por primera vez a nivel planetario, e independientemente de la cultura, el país, la ideología, la creencia religiosa o de cualquier otro sistema de adaptación de la especie humana, todos luchamos desde la cultura y la técnica contra la selección natural. Encontrar conjuntamente un remedio a este peligro nos ha dado la conciencia de especie que las batallas ideológicas habían enterrado.

La ciencia se convirtió en la única esperanza, a la vez que el conocimiento tomaba la iniciativa mientras los políticos se quedaban paralizados y sin recursos, las religiones se enclaustraban dejando a sus fieles a su suerte y los poderosos miraban las cuentas corrientes mientras rumiaban cómo aprovechar la desgracia de otros. Los científicos de todo el mundo emprendían la batalla para imponerse otra vez a la naturaleza, como si no formásemos parte de ella, para volver a dominarla con una vacuna que parece ser la única solución. Todos habíamos olvidado que las pandemias, con su alarmante invisibilidad, siempre han determinado la historia de la humanidad. Mas ahora la ciencia ha sabido visualizar este nuevo virus para combatirlo como nunca. Seguramente lo venceremos, pero parece que seguiremos sin reconocer y afrontar el origen de nuestros problemas. Lo que sí hemos redescubierto es que somos realmente vulnerables, y saberlo acelera nuestra capacidad para hacernos más fuertes.

Por una vez el conocimiento científico monopoliza el relato para dejar en evidencia la política de discursos, los dioses salvadores o la conciencia de clase que nos dominaba. A pesar de que una vez conseguidas las vacunas en esta carrera nunca vista de la ciencia, la economía y los orgullos nacionales, la realidad económica y política ha acabado imponiéndose a la ciencia, y el tablero mundial ha vuelto a evidenciar lo que nunca había desaparecido, que unos tienen un acceso rápido a la vacuna y que otros tendrán que esperar quien sabe cuánto y a cambio de qué para conseguirla.

La salud se ha impuesto como un instrumento de dominación implacable en una sociedad que había olvidado el origen de curare, que en latín significa cuidar y no hacer negocio, un peligro que ya existía y que la pandemia ha alimentado. La ciencia siempre ha sido menospreciada por los gobiernos, que han dejado en las manos de las grandes empresas privadas la posesión de los instrumentos y conocimientos científicos que ahora se han demostrado como vitales. Empresas que han vuelto a ver en la miseria y la desesperación la gran oportunidad de empoderarse aún más, multiplicando sus exigencias y chantajes a Estados convertidos en sus títeres a causa del miedo.

Al mismo tiempo, una parte de la población, la acrítica, se ha revelado contra la crítica replegándose desorientada en los fantasmas desmemoriados del pasado. Nos hemos dado cuenta de golpe que creíamos que éramos libres, pero no más estábamos solos, vacíos vitalmente y persiguiendo ambiciones impuestas y un ocio consumista barato, fundamentado en el alcohol y los “likes”, y en el placer instantáneo, individual y adictivo, en vez de construir el camino hacia una felicidad trabajada, generosa y colectiva.

Los humanos tenemos una capacidad extraordinaria para olvidar, para lograr convivir con la tragedia, el miedo y la muerte con tal de no acabar destruidos, pero también para ser manipulados. Durante esta pandemia nos han atiborrado de estadísticas que convertían las personas en fríos números. Han intentado deshumanizar lo ya vivido para hacer más soportable lo que estábamos padeciendo. También nos han culpabilizado al convertirnos en una amenaza, al controlar todos los encuentros y al hacer desaparecer el contacto social que nos convierte en sociedad… el autoritarismo gana cuando la mentira se hace tan habitual que parece seductora y deseable. Cuando perdemos la fidelidad hacia los hechos y nuestra conciencia, es cuando renunciamos a la democracia y nos convertimos en carne de cañón para los gobernantes con anhelos de autoridad y ansiosos de aprovechar la confusión y el misterio.

Es en los momentos difíciles cuando se demuestra si la democracia funciona, al mismo tiempo que dan oportunidades a los que la quieren destruir. La política se ha vuelto una batalla para designar culpables e inocentes a través de discursos teatralizados. Pero cuando estos dejan de ser útiles y llega el momento de la política real, es cuando nos damos cuenta de que nadie les había enseñado a gestionar las necesidades de la gente desde sus altares distantes de la realidad.

No debemos olvidar que cualquier sistema social funciona a partir de la obediencia, en el caso de la democracia gracias a una obediencia voluntaria. La democracia implica responsabilidad y lealtad, que a su vez incluye obediencia. Cualquier convivencia humana necesita unas normas compartidas voluntariamente, incluso para exigir su propia desobediencia, ya que debemos ser merecedores de la posibilidad de impugnar el propio orden. Hemos de poder desobedecer las leyes injustas, y rebelarnos como un acto de obediencia y obligación moral que poco tiene que ver con un acto de libertad como derecho sobre todo y todos. Ejercimos esta responsabilidad confinándonos en casa antes de que la autoridad la forzara, conscientes de las consecuencias de cada uno de nuestros actos e impulsados por el miedo, con la voluntad de salvar vidas, las de todos, pero también las nuestras.

Hemos podido comprobar la falta de recursos sanitarios, la manera en que se ha menospreciado hasta ahora la investigación por parte de políticos paternalistas. Unos políticos entrenados para vender humo con discursos vacíos e impotentes para cumplir sus promesas. Nos imponen la solución de quitarnos libertad para controlar el miedo que le podemos llegar a dar, convirtiendo en más pequeño nuestro mundo mientras ellos lo devoran y sacan el mayor provecho. Administrar el miedo es la gran batalla por el control de nuestra sociedad, y en tiempos de pandemia esto ha ayudado a consolidar gobiernos que con sus decisiones han llegado a favorecer la propagación del virus. La seguridad se vende gracias al miedo, y a los humanos nos gusta convencernos de las ficciones hasta convertirlas en realidad. Este es muy fácil de vender cuando olvidamos que el amo siempre depende de su esclavo. El colapso eco-social que estamos viviendo ha militarizado un escenario que fortalece un fascismo alimentado por el miedo y la ignorancia, en frente la solidaridad se ha mostrado como nunca ante la necesidad colectiva.

Las restricciones impuestas por los gobiernos durante la pandemia han afectado nuestras libertades personales, sociales y profesionales, comprometiendo todos los ámbitos de nuestras vidas. Hemos estado sometidos a un estado de alarma o de guerra que ha limitado nuestros movimientos, controlando, vigilando, obligando y regulando cada uno de nuestros actos por el bien de todos y como respuesta desesperada a la ignorancia sobre lo que estaba sucediendo. Internet se convirtió en la única ventana aparentemente independiente frente a unos medios de comunicación comprados para informar sobre lo que creían que necesitábamos saber y para no alarmar a la población. Mas, al mismo tiempo, internet ha sido la ventana para todas las fantasías y conspiraciones posibles ante la opacidad informativa oficial sobre la realidad que se iba descubriendo a cada instante.

Todas las decisiones tomadas dejarán cicatrices en la confianza de las personas respecto al sistema, que nos llevarán a vivir en una sociedad mucho más sensible en cuanto a la protección de sus libertades, pero al mismo tiempo mucho más temerosa y conservadora en la toma de decisiones. El terreno cedido debido a la necesidad de seguridad y por la amenaza de un virus desconocido será muy difícil de recuperar. Las libertades y la privacidad que disfrutábamos y teníamos aseguradas antes de la pandemia, ni siquiera en las democracias occidentales más avanzadas, se volverán a reconquistar. Con el tiempo veremos cómo la libertad de movimientos vigilada con geolocalizadores o por la cesión voluntaria de datos y el control social cedido para sentirnos protegidos, seguramente serán los más beneficiados de esta pandemia. Los dispositivos y aplicaciones de uso individual que nos habían vendido como potenciadores de nuestra independencia y nuestras comunicaciones, solo han contribuido a privatizar nuestras experiencias y a generar rendimientos ingentes a nivel económico, político e ideológico a los poseedores de dichas tecnologías.

También ha quedado demostrado que nos podemos activar de inmediato para adaptarnos a nuevas circunstancias con una plasticidad organizativa inimaginable. Durante estos tiempos de vida desmaterialitzada por un virus invisible, hemos conservado muchas de nuestras conexiones gracias a las redes digitales. La pandemia nos ha forzado a adquirir nuevas capacidades a gran velocidad, lo cual demuestra nuestra flexibilidad. A golpe de confinamiento hemos convertido en estándares herramientas que parecían lejanas, poniendo a prueba la capacidad de adaptación de nuestras tecnologías, sus conexiones y a la propia sociedad. La humanidad ha acelerado su transformación convirtiendo muchas de las tendencias e inercias de futuro en presente. Innovar es combinar lo que sabemos para crear algo diferente, y el reto de esta pandemia nos ha obligado a combinar con rapidez dichos conocimientos. Hemos activado de forma impensable hasta hace poco, la sociabilización de la tecnología, reconociendo y comprobando necesariamente el camino hacia un tecnohumanismo en todos los ámbitos de nuestra sociedad. La técnica es fundamental para nuestro ser y son la tecnología y el lenguaje los que al final nos han hecho humanos.

Todo lo que esta pandemia nos ha hecho pasar, y estamos pasando, seguro que nos hará más fuertes, pero en el camino no podemos olvidar que hemos perdido la generación que guardaba la memoria para no repetir errores, los abuelos que se habían ganado con su esfuerzo poder reclamar un mundo mejor para las próximas generaciones. También ha quedado abandonada la generación del futuro, ya destrozada hace algunos años por una crisis económica y sistémica de la que poco se ha aprendido, y ahora, por partida doble, estos jóvenes se han encontrado con una crisis sanitaria global que ha desmaterializado los únicos proyectos que le habían enseñado. Nosotros, los mimados baby boomers que hablamos con menosprecio de nuestros milenials, vivimos confusos porque no sabemos cómo hacer crecer a las nuevas generaciones, pues lo referentes de seguridad y de mundo previsible de nuestros padres han desaparecido, padeciendo el miedo al desconcierto sin que nos hayan explicado que de estos surgen las grandes oportunidades de cambio.

La experiencia y la memoria han servido de bien poco, diluyéndose entre lágrimas de soledad y abandono. Cobramos conciencia de cómo son las cuatro paredes entre las que nos habíamos refugiado. Nuestros hijos, perplejos, añoraban la escuela, los amigos y el parque, mientras disfrutaban de unos padres más cercanos que nunca. La realidad de cada una de nuestras vidas se plantó delante nuestro para hacernos reflexionar sobre qué hemos hecho durante todo este tiempo, para mirar a nuestro lado y ver cómo de acompañados estamos o no, para mirar adelante y ver cómo el futuro, más que nunca, es un obsoleto deseo del que desconocemos lo que nos deparará. Los discursos prospectivos se han quemado en la hoguera de las vanidades y parece que menos los de siempre -los que entienden la vida como un servicio a los demás- el resto quiere marchar al búnquer perdido en una isla desierta para escapar del colapso. Unos gritaban que todo iría bien cuando en realidad no era así, muestra del mundo de fantasía que nos habíamos impuesto. Mientras los dos perros y el gato de la familia han presenciado entre sorpresas y risas nuestros problemas, a la vez que miraban por la ventana cómo la naturaleza continuaba su curso y se apoderaba por un instante del mundo.

El colapso vivido nos ha enseñado que podemos vivir con menos, con lo que necesitamos, al mismo tiempo que el mundo que hemos construido no lo puede hacer. El sistema nos necesita, pero terminamos viviendo para él, en vez de que este nos ayude a vivir mejor. No cabe duda de que todo lo que los humanos no aprendemos por discernimiento, lo aprendemos con sufrimiento, y que conjuntar lo que pensamos y lo que hacemos es esencial si no queremos continuar “enfermos” como hasta ahora. Seguro que el actual puede ser uno de los mejores momentos para empezar a priorizar lo sustantivo e intentar prescindir de lo superfluo. Ha quedado demostrado que para nuestra especie cambiar de hábitos es complicado, y aún más en lo relacionado con la naturaleza. Pretenden hacernos creer que lo que ocurre es culpa de la naturaleza, para hacernos olvidar que nosotros también somos naturaleza, que somos una especie más entre las especies. Una especie que ha desencadenado el sobrecalentamiento global, la desaparición de una biodiversidad esencial para proteger también la salud de las personas. Esto constituye una emergencia medioambiental que está provocando la sexta extinción masiva en la historia del planeta Tierra, hecho este que nos distancia de la creencia antropocéntrica de considerarnos el centro de “todo”. Olvidamos que el resto de los seres vivos padecen también sus propias pandemias, y que seguramente la más grande es la que le provocamos nosotros. Es hora de asumir que los únicos culpables somos nosotros y nuestra incapacidad de respetar el mundo que nos rodea. 

Pero no nos dejemos engañar ni culpabilicemos a la humanidad, cuando es el 1% de esta la principal causante del cambio climático. Los que provocan el desequilibrio del ecosistema planetario son los que controlan los medios de producción y las fuentes de energía, las multinacionales que dirigen el sistema de poder y re/producción en red, apropiándose de la fuerza productiva y de los recursos naturales para conseguir, a cualquier precio, acumular el máximo de beneficios. Las grandes corporaciones que ponen en marcha el sistema para que unos ciudadanos cautivos compren una visión despolitizada del problema, convirtiendo la ecología de masas en anestesia disfrazada de la glamurosa ideología del green-washing, y así continuar devorando la Tierra y la naturaleza. Hemos de reconocer que nosotros formamos parte de este porcentaje, utilizando y fomentando las jerarquías de género, la violencia colonial y la dominación tecnológica de la naturaleza, para así asegurarnos de obtener beneficios y expandir-nos. Esta es una pandemia provocada por nuestra manera de vivir en un mundo globalizado fundamentado en la colonización depredadora, económica y cultural, frente a un modelo de planetización integrador de la diversidad.

Ahora veremos aparecer al capitalismo más comprensivo que inyectará dinero público, a decir de todos, buscando un rescate universal que garantice el orden establecido para no hacer peligrar la estabilidad mundial, evitando así los espasmos colectivos que acaban generando revueltas y desórdenes sociales. Se aplicará, por tanto, un conjunto de medidas para dar tranquilidad y mantener un cierto nivel de vida para la población, con el objetivo de que continuemos siendo productores y consumidores del sistema y, sobretodo, para que no se modifique la distribución de poder y riqueza. El sistema retoma las mismas fórmulas para recuperar el modelo de Estado del bienestar que va a utilizar para superar la crisis de la Segunda Guerra Mundial. Pretende generar una paz social que permita alimentar el estatus existente, al vender la evolución como una solución conformista y complaciente ante la imprescindible y necesaria revolución para cambiar el rumbo hacia el colapso al que estamos encaminados.

Resulta muy llamativo que el diccionario Oxford haya seleccionado para definir el año 2019 el término emergencia climática, y que un año después lo sustituyese por coronavirus. Las consecuencias sustituyen el origen de un problema ya anunciado.

La pandemia nos ha enfrentado con nuestras propias vidas, con el entorno, la sociedad y el mundo que hemos construido, pero este desconcierto distópico también ha servido de aprendizaje sobre muchas realidades que nos negábamos ver. Nos hemos quedado solos en medio de un problema de todos que ha generado infinidad de experiencias personales, profesionales y colectivas. Estas vivencias constituyen en sí la base de nuevas relaciones, iniciativas y objetivos que han de ayudar al cambio de prioridades y de las pautes de comportamiento de todos. Si la peste negra, la pandemia de peste más devastadora de la historia de la humanidad que llegó a matar a la mitad de la población, fue la antecesora del Renacimiento… ¿Podría ser que la pandemia del covid19 sea la chispa que abra el camino hacia un cambio estructural de la Humanidad? Tampoco podemos autoengañarnos demasiado pensando que de esta experiencia surgirá una nueva sociedad capaz de entender el verdadero valor de la vida. Sería algo ingenuo creer que ahora sí seremos capaces de cambiar gracias al conocimiento adquirido durante este último año, después de contemplar los resultados de siglos de guerras, pandemias y crisis de lo que poco se ha llegado a aprender. Quizás porque hemos de asumir que el único valor de la vida es la lucha constante y diaria de las personas anónimas que cruzaron ciudades vacías, sin coches y con la población confinada, para ir a sus puestos de trabajo con el fin de que todos pudiésemos resistir la situación desde pequeños apartamentos -en la mayoría de los casos- aprendiendo a teletrabajar o sencillamente asumiendo la desesperación de no saber cómo seguir adelante.

Las personas son la sociedad, no lo son las instituciones ni sus representantes, y hacia ellas hemos de girar la mirada para construir una sociedad más inclusiva, después de haber comprobado cómo en lo alto de la pirámide un rey desnudo está totalmente perdido. Los líderes son la respuesta fácil; es más fácil creer que pensar, pero sin asumir el riesgo de la diversidad y la complejidad es imposible generar singularidad. En la diversidad está la vida.

La reflexión personal y colectiva experimentada durante el confinamiento, nos ha permitido ver que tanto las pequeñas como las grandes cosas que nos acompañan en el día a día, y a las que muchas veces no damos importancia, son esenciales para nuestra felicidad. Detalles como la compañía del vecino que nunca te habías percatado que existía, el sol que entra por la ventana a la hora del desayuno, la ventilación cruzada que hace que no tengas que encender el aire acondicionado, la terracita que parecía que no haríamos servir pero que ahora los vecinos no entienden cómo no la reclamaron cuando compraron el piso, aquel espacio de privacidad o de teletrabajo que jamás habrías pensado necesitar y que ahora echas a faltar. Todo aquello que la estandarización de la forma de vida que no entiende de personas, solo de metros cuadrados y de normativas, y no permite que tu casa sea realmente tuya y para ti, se ha convertido en la base sobre la cual comenzar a reflexionar.

La ciudad, la máquina más compleja creada por el hombre, ha dejado al descubierto todas sus carencias. Con ella se ha abierto una reflexión estructural sobre su movilidad, el espacio público, los espacios de trabajo y de ocio, los espacios de aprendizaje, etc. Las ciudades durante la pandemia se han convertido en prisiones para todos los que no se podían escapar, cuestionándose su densidad y los servicios que proporcionan frente a la calidad de vida y de salud que proporciona el contacto con la naturaleza. La ciudad geodésica con la que soñaba Richard Buckminster, construida ahora con la polución, nos aleja de la naturaleza, del planeta y de la vida no antropocèntrica. Dejarnos colonizar por la naturaleza y encontrar la forma de diálogo, comprensión y solidaridad con ella es una de las urgencias que reclamamos tras estos meses de reflexión confinados. Pero las ciudades son muy difíciles y lentas de cambiar, son las maneras como las utilizamos mucho más fáciles de modificar. Volvamos entonces a poner en el centro de la ciudad a las personas, a entender la diferencia entre desarrollo y progreso, progreso consciente, evolución. Sin dramatizar, pero tampoco olvidando. Aprendiendo de lo que hemos vivido, sacando conclusiones de lo que hemos reflexionado y pasando a la acción conscientes de la urgencia de los cambios que necesitamos implementar.

Una vez superado el tsunami más destructivo de esta pandemia, hemos de romper el distanciamiento social impuesto para fortalecer todas las formas de relacionarnos y comprendernos, y así ser capaces de ayudarnos, defendernos y amarnos. Aprovechemos más que nunca la inercia para construir los imposibles colectivos que siempre hemos anhelado y para los que hemos trabajado. Nos han educado para controlarlo todo, para ser dueños de nuestro destino, pero no para conseguir un destino común, compartido y en aras de un mundo más justo socialmente y respetuoso con el medioambiente. Aprendamos que en la falta de control podemos encontrar la serenidad que necesitamos. ¿Seremos capaces de ejercer la responsabilidad de cómo queremos organizar nuestro mundo para formar parte de la solución, para conseguir el planeta en el que nos gustaría vivir? ¿Queremos reconstruir el mundo tal cual era antes de la pandemia o construir una nueva oportunidad sumando todo el conocimiento adquirido?

Estas son las grandes preguntas que al mismo tiempo constituyen el gran reto para el que tenemos que trabajar. La vida es una enfermedad con una tasa de mortalidad del 100% que se transmite sexualmente, asumiendo que no tenemos ninguna protección contra la vida… ¡Hagámonos merecedores de ella y disfrutémosla al máximo!

Marc Chalamanch 2021

Fotografía del fotógrafo Enrique González Díaz, Enro GD | Facebook, 2021


LA REFLEXIÓ : EL REGAL D’UNA PANDÈMIA

Tot va quedar parat ja fa mes d’un any amb la desconcertant aparició del virus de la Covid19, va ser llavors quan l’inimaginable va esdevenir real mentre convertíem molts impossibles en possibles. En un instant vam passar de l’astorament immobilitzant a l’acció immediata per transitar fins el regal més íntim i solitari d’aquesta terrible pandèmia, el temps per la reflexió. És ara, quan la llum comença a veure’s a l’horitzó, que em tornen les ganes de reunir i compartir algunes de les reflexions i petites notes que durant aquest col·lapse he anat escrivint.

Molts pocs haguessin imaginat la sobtada aparició d’aquest virus que ens va transportar a un futur ple d’incertesa, a la “negació del propi futur”. No sabem fins quant duraran els seus efectes, si arribarà un final o serà el principi d’un no acabar. Tampoc coneixem el veritable cost humà, social, econòmic i emocional que ha tingut i tindrà, resulta massa difícil i dolorós imaginar-lo. El que si podem afirmar és que aquests costos sense precedents provocats per aquesta pandèmia els estan patint amb més cruesa els de sempre, els països, les comunitats i les persones més pobres i vulnerables.

“Arribo al supermercat, em quedo espantat dins el cotxe a l’aparcament, m’acovardeix que hi hagi tanta gent, no sé què fer si marxar o entrar. Sembla mentida que posi en qüestió coses que fins fa molt poc les feia sense pensar-hi. Un senyor va netejant els carros que estan estacionats, i la gent es dirigeix ràpidament cap els seus cotxes amb les bosses plenes de tot sense ni aixecar el cap. Aparca una noia al meu costat, respira a fons, es posa la mascareta, els guants … i surt del cotxe. Just quan passa per davant meu es creua amb una amiga, es mirem paralitzades, de lluny… S’acosten i en un moment de tensa emoció fan desaparèixer els dos metres de distància de seguretat. No es diuen res, s’abracen fort, molt fort, fins que es tornen a separar amb les cares totes plenes de llàgrimes, s’acomiaden sense creuar cap paraula, tot està dit”.

La Covid19 ens ha obligat a viure el present per pensar en el tot i en el res sense les presses que ens tenien cecs. Vam arribar a imaginar estorats com la Humanitat s’acabava per arrossegar-nos dins d’un temps dolorós de reflexió. Un intens i ansiós parèntesis a la recerca del nou camí, o un camí, o potser -ingenu- d’un canvi d’era o només d’una era de canvis… fins aconseguir tornar a la “normalitat” insostenible en la que vivíem? Esperem que no. Perquè justament aquesta normalitat és la que la crisis ha visualitzat com el problema, la que ens ha obert els ulls per no veure normal la no normalitat en la que vivíem.

D’aquesta crisis sanitària n’estàvem ben advertits. La nostra desídia i prepotència va fer que no estiguéssim preparats per afrontar-ne les seves greus conseqüències. La SARS, la MERS, l’Ebola, el Chikungunya, el Zika o el VIH ja havien avisat però els seus afectes no van arribar al cor del poder i de l’economia del món, i com no… les demandes incòmodes i costoses dels epidemiòlegs no van ser escoltades. El virus s’ha demostrat com un clar exemple de que les veritats científiques i les regles de la naturalesa no es poden menysprear. Sobretot quan sabem que el 70% dels brots epidèmics tenen el seu inici en una destrucció massiva de les selves i els boscos tropicals. Una destrucció que no para d’augmentar any rere any.

La covid19 ha evidenciat que els éssers humans només sabem pensar i actuar a curt termini. Hem quedat ben retratats. No parem d’investigar, d’inventar, de descobrir… però ens costa molt aprendre. Ens hem adonat de la gran dificultat que tenim per gestionar el que no sabem, per donar resposta a l’imprevist; en definitiva, que el coneixement acumulat no és tradueix en intel·ligència. Hem recorregut un llarg camí, però quan ha arribat el moment de la veritat ens han acabat imposant el mateix sistema de protecció que a l’Edat Mitjana, el distanciament social.

Aquest distanciament social ha visualitzat l’individualisme i la soledat de la nostra societat. Ha exemplificat la desigualtat, el classisme, el racisme i el supremacisme del món en el que vivim.  Ha evidenciat que tot el que movia la nostra vida, com les presses, el consum o el reconeixement, de cop van esdevenir innecessaris, mentre que el que donàvem per fet com les amistats, la família i la salut es revelaven com essencials amb la seva absència. Les nostres prioritats han canviat i potser, només potser, veurem que no ens serà tant fàcil tornar a la frivolitat i la injustícia en la que vivíem. És el moment de decidir si continuem veient callats com s’està depravant el planeta pel benefici instantani d’uns pocs -mentre ens preocupem i enfadem si no podem fer unes tapes en una terrassa després d’una esgotadora jornada de treball- o per contra ens alçarem perquè ja hem entès que només amb el compromís, l’acció i la responsabilitat de tots podem impulsar canvis estructurals en la nostra forma de viure i conviure revertint així el moment que estem vivint.

Ens havien venut un món de futurs visibles, immediats i segurs com si no sabéssim que la incertesa forma part de l’essència de la pròpia vida. El futur per uns mesos va desaparèixer i amb ell la xarxa de seguretat que ens envoltava. Ens havien fet creure que amb un clic ho tindríem tot, que érem uns déus, i hem descobert que teníem els peus de fang i que estàvem alimentats de somnis buits. Portàvem dècades parlant d’arribar a la immortalitat quan una epidèmia, com d’altres al llarg de la història, ens ha tornat a mostrar el nostre infinit egocentrisme i la nostra prepotència.

Amb l’aparició de la Covid19 tothom es va afanyar a donar llum a la foscor des de la més gran de les obscuritats. Els “savis” del s.XXI, els experts, incapaços de callar ni en aquests moments, es veien obligats a intel·lectualitzar-ho tot per sentir-se profetes de la ignorància global. Hem viscut la competició permanent de coneixement d’experts sobretitulats de tot el món per pontificar veritats i donar lliçons. Som una societat que no sap callar i escoltar, uns necessiten dir qualsevol veritat i altres desitgen la que volen sentir. Distòpics i despòtics cridaven alhora mentre la Humanitat perdia els referents confinats a casa i descobrint la seva implacable realitat. Hem viscut una pandèmia en directe, en temps real i en primera persona des dels nostres refugis mentre buscàvem inútilment les respostes immediates al que estàvem vivint en un tsunami desbordant de desinformació. En mig d’aquesta pandèmia d’opinadors, cal saber que l’opinió és allò que més odiaven els clàssics grecs, ja que és gairebé sinònim de falsedat. Quan s’opina en públic ha de ser per dir alguna cosa, i no la buidor del soroll que ens ha estat martiritzant durant els pitjors moments d’aquest col·lapse.

Però els experts que han capitalitzat els discursos sobre la pandèmia seran ben aviat substituïts per la intel·ligència artificial, mentre que la saviesa, suma de talent i humilitat, és la que tindrà d’agafar el relleu per trobar solucions a les realitats sobrevingudes en aquest any de desconcert. Mentre uns ens han parlat dels arbres, els altres ens han de fer veure el bosc. Necessitem savis silenciosos, prudents i laboriosos, capaços de treballar amb la complexitat d’una visió global i integral dels grans reptes de la Humanitat. Que ho sàpiguen fer des de la senzillesa i sabent escoltar per enfrontar-se a la simplificació de veritats infal·libles i absolutes que ens envaeixen dels que encara no han entès que saber molt permet dubtar encara més.

Naixem dependents i aquesta dependència es converteix en llei de vida. Després aprenem que hem de ser interdependents amb el món que ens envolta si volem sobreviure. Al mateix temps, ens han convertit en servils transformant aquesta dependència en una relació de poder. Una servitud que és inapreciable, invisible, voluntària i orquestrada pels poders i les sofisticades formes que estructuren la perversa història de la Humanitat. Aquesta pandèmia ha servit perquè aquest poder crees per decret i a corre cuita una nova cultura per relacionar-nos, de comunicar-nos, de fer, que segur portarà greus conseqüències ja que les cultures no es poden decretar, s’han de coure lentament en el cor de la societat. Quan s’imposen deixen de ser cultura.

Aquesta obligada interdependència ens va ser molt útil en la primera fase d’astorament, por i negació de la Covid19 per seguir demostrant-nos la nostra enorme capacitat de resiliència. La Humanitat, conscientment, s’ha empoderat per protegir la seva supervivència desafiant la selecció natural proposada pel virus. Per primera vegada a nivell planetari, i independentment de la cultura, del país, de la ideologia, la creença o de qualsevol altra sistema adaptatiu de l’espècie humana, tots lluitem des de la cultura i la tècnica contra la selecció natural. Trobar conjuntament un remei a aquest perill ens ha donat la consciència d’espècie que les batalles ideològiques havien enterrat.

La ciència és va convertir en l’única esperança, el coneixement agafava la iniciativa mentre els polítics es quedaven paralitzats sense discursos, les religions s’enclaustraven deixant els seus fidels a la seva sort i els poderosos miraven els comptes corrents mentre rumiaven com aprofitar la desgràcia de tots. Els científics de tot el món emprenien la batalla per imposar-se un altre cop a la naturalesa, com si no en forméssim part, per tornar-la a dominar amb una vacuna que sembla l’única solució. Tots havíem oblidat que les pandèmies, amb la seva alarmant invisibilitat, sempre han determinat la historia de la Humanitat. Però ara la ciència ha sabut visualitzar aquest nou virus per combatre’l com mai. Segurament la vencerem però sembla que seguirem sense reconèixer i afrontar l’origen dels nostres problemes. El que si haurem redescobert és que som realment vulnerables i saber-ho accelerarà la nostra capacitat per fer-nos més forts.

Per una vegada el coneixement científic ha capitalitzat el relat per deixar en evidència la política de discursos, els Déus salvadors o la consciència de classe que ens dominaven. Encara que un cop aconseguides les vacunes en aquesta carrera mai vista de ciència, economia i d’orgulls nacionals; les realitats econòmiques i polítiques s’han acabat imposant a la ciència i el taulell mundial ha tornat evidenciar el que mai havia desaparegut que uns tenen un ràpid accés a la vacuna i d’altres tindran que esperar qui sap quan i a canvi de què per aconseguir-la.

La salut s’ha demostrat com un instrument de dominació implacable en una societat que havia oblidat que l’origen de “curare”, que en llatí significa “cuidar” i no “fer negoci”. Un perill que ja existia i que la pandèmia ha alimentat. La ciència sempre ha estat menystinguda pels governs, que han deixat a les mans de les grans empreses privades la possessió d’unes eines i d’uns coneixements científics que ara s’han demostrat vitals. Unes empreses que han tornat a veure en la misèria i la desesperació la gran oportunitat per empoderar-se encara més, multiplicant les seves exigències i xantatges cap uns Estats convertits en els seus titelles a causa de la por.

Al mateix temps, una part de la població, la acrítica, s’ha revelat contra la crítica replegant-se desorientada en els fantasmes desmemoriats del passat. Ens hem adonat de cop que creiem que érem lliures, però només estàvem sols, buits vitalment i perseguint unes ambicions imposades i un oci de consum barat, basat en l’alcohol i els “likes”, en el plaer instantani, individual i adictiu en comptes de construir el camí d’una felicitats treballada, generosa i col·lectiva.

Els humans tenim una capacitat extraordinària per oblidar, per aconseguir conviure amb la tragèdia, la por i la mort per no acabar destruïts, però també per ser manipulats. Durant aquesta pandèmia ens han omplert d’estadístiques que convertien les persones en números freds. Han intentat deshumanitzar el que hem viscut per convertir en més suportable el que estàvem patint. Però també ens han culpabilitzat al convertir l’altre en una amenaça, amb el control de totes les trobades i fent desaparèixer el contacte social que ens fa societat… L’autoritarisme guanya quan la mentida es torna habitual fins a semblar seductora i desitjable. Quan perdem la fidelitat amb els fets i amb la nostra consciència, és quan renunciem a la democràcia i ens convertim en carn de canó pels governants amb temptacions autoritàries i ansiosos d’aprofitar la confusió i el misteri.

Són en els moments difícils on es demostra si la democràcia funciona, al mateix temps que donen oportunitats als qui la volen destruir. La política s’ha tornat una batalla per designar culpables i innocents a través de discursos teatralitzats. Però quan aquests han deixat de servir i ha arribat el moment de la política real, és quan ens hem adonat que ningú els havia ensenyat a gestionar les necessitats de la gent des del seus altars allunyats de la realitat.

No podem d’oblidar que qualsevol sistema social funciona a partir de l’obediència, en el cas de la democràcia gràcies a una obediència voluntària. La democràcia implica responsabilitat i lleialtat, que inclou també obeir. Qualsevol convivència humana necessita unes normes compartides voluntàries, fins i tot per exercir la seva pròpia desobediència, ja que ens hem de fer mereixedors de la possibilitat d’impugnar el propi ordre. Hem de poder desobeir les lleis injustes, de rebel·lar-nos com un acte d’obediència i d’obligació mural que poc té a veure amb un acte de llibertat com a un dret per sobre de tot i tothom. Vam exercir aquesta responsabilitat al confinar-nos a casa abans que l’autoritat ho obligués, conscients de les conseqüències de cadascun dels nostres actes i empesos per la por, amb la voluntat de salvar vides, les de tots, però també les nostres.

Hem comprovat la falta de recursos de la sanitat, la forma amb la que s’ha menystingut fins ara la investigació per part d’uns polítics paternalistes. Uns polítics entrenats per vendre fum amb discursos buits i demostrant la seva impotència per complir les seves promeses. Les seves solucions són treure’ns llibertat per controlar-nos, per controlar la por que els podem fer, convertint en més petit el nostre món mentre el devoren per treure’n el màxim profit. Administrar la por és la gran batalla pel control de la nostra societat, i en temps de pandèmia aquesta ha ajudat a consolidar uns governs que amb les seves decisions han arribat a afavorir la seva propagació. La seguretat es ven sobre la por, i als humans ens agrada convença’ns de les ficcions fins a convertir-les en veritat. Aquesta és molt fàcil de vendre quan oblidem que l’amo sempre depèn del seu esclau. El col·lapse eco-social que estem vivint ens ha militaritzat un escenari que ha enfortit un feixisme alimentat per la por i la ignorància, en front la solidaritat s’ha visualitzat com mai davant de la necessitat col·lectiva.

Les restriccions imposades pels govern durant la pandèmia han afectat les nostres llibertats personals, socials i professionals comprometent tots els àmbits de les nostres vides. Hem estat sotmesos a un estat d’alarma o de guerra que ha limitat els nostres moviments, controlant, vigilant, obligant i regulant cada un dels nostres actes pel bé de tots i com desesperada resposta a la ignorància sobre el que estava passant. Internet es va convertir amb l’única finestra aparentment independent davant d’uns mitjans de comunicació comprats per informar sobre el que creien que necessitàvem saber i per no alarmar a la població. Però, al mateix temps, internet ha estat la finestra per totes les fantasies i conspiracions possibles davant de l’opacitat informativa oficial sobre la realitat que s’anava descobrint en cada instant.

Totes aquestes decisions preses deixaran cicatrius en la confiança de les persones amb el sistema, que ens portaran a viure en una societat molt més sensible en la protecció de les seves llibertats però al mateix temps molt més poruga i conservadora en la presa de decisions. El terreny cedit degut a la necessitat de seguretat i per l’amenaça d’un virus desconegut serà molt difícil de recuperar. Les llibertats i la privacitat que gaudíem i teníem assegurada abans de la pandèmia, ni tant sols en les democràcies occidentals més avançades, es tornaran a reconquerir. Amb el temps veurem com la llibertat vigilada de moviments amb geolocalitzadors o per la voluntària cessió de dades i el control social cedit per sentir-nos protegits seran segur les grans beneficiades d’aquesta pandèmia. Els dispositius i aplicacions d’ús individual que ens havien venut com a potenciadors de la nostra independència i les nostres comunicacions, només han contribuït a privatitzar les nostres experiències i generar rendiments ingents a nivell econòmic, polític i ideològic als posseïdors d’aquestes tecnologies.

També s’ha demostrat que ens podem activar d’immediat per adaptar-nos a les noves circumstàncies amb una plasticitat organitzativa que no ens podíem ni imaginar. Durant aquest temps de vida desmaterialitzada per un virus invisible, hem pogut conservar moltes de les nostres connexions gràcies a les xarxes digitals. Aquesta pandèmia ens ha forçat a adquirir noves capacitats a gran velocitat, demostrant la nostra flexibilitat. A cop de confinament em convertit en estàndards eines que semblaven llunyanes, posant a prova la capacitat d’adaptació de les nostres tecnologies, les seves connexions i la de la pròpia societat. La Humanitat ha accelerat la seva transformació convertint moltes de les tendències i inèrcies de futur en present. Innovar és combinar el que sabem per crear una cosa diferent, i el repte d’aquesta pandèmia ens ha obligat a combinar a gran rapidesa aquest coneixement. Hem activat de forma impensable fins fa poc, la socialització de la tecnologia, reconeixent i comprovant per necessitat el camí cap un tecnohumanisme en tots els àmbits de la nostre societat. La tècnica es fonamental pel nostre ser i ha estat la tecnologia i el llenguatge el que a la fi ens han fet humans.

Tot el que aquesta pandèmia ens ha fet passat, i encara estem passant, segur que ens farà més forts, però pel camí no podem oblidar que hem perdut la generació que guardava la memòria per no repetir errors, els avis que s’havia guanyat a pols poder reclamar un món millor per les properes generacions. També hem abandonat la generació del futur, ja destrossada fa pocs anys per una crisis econòmica i sistèmica de la que poc es va aprendre, i ara, per partida doble, aquests joves s’han trobat amb una crisis sanitària global que ha desmaterialitzat els únics projectes que els havíem ensenyat. Nosaltres, els mimats baby boomers que parlen amb menyspreu del nostres mil.lènnials, vivim confosos perquè no sabem com fer créixer els fills ja que els referents de seguretat i de món previsible dels nostres pares han desaparegut, patim la por del desconcert i ningú ens ha explicat que d’aquest beuen les gran oportunitats de canvi.

L’experiència i la memòria han servit de ben poc, diluint-se entre llàgrimes soles i abandonades. Ens adonàrem de com són realment les quatre parets entre les que ens havíem refugiat. Els nostres fills, perplexos, enyoraven l’escola, els amics i el parc mentre gaudien de tenir uns pares més a prop que mai. La realitat de cada una de les nostres vides es va plantar davant nostre per reflexionar què hem fet durant tot aquest temps, per mirar al costat i veure com d’acompanyats o no estem, per mirar endavant i veure com el futur, més que mai, és un obsolet desig que no sabem on ens portarà. Els discursos prospectius s’han cremat a la foguera de les vanitats i sembla que menys els de sempre -els que entenen la vida com un servei als altres- tots volen marxar a aquell búnquer perdut en una illa deserta escapant del col·lapse. Uns cridaven que tot aniria bé quan no hi anava, mostra del món de fantasia al que ens havíem imposat. Mentre els dos gossos i el gat de la família han viscut entre sorpreses i rialles els nostres problemes mentre miràvem per la finestra com la naturalesa continuava el seu curs i s’apoderava per un instant del seu món.

Aquest temps de col·lapse ens ha ensenyat que podem viure amb menys, amb el que necessitem, al mateix temps que el món que hem construït no ho pot fer. El sistema ens necessita fins acabar vivint per ell, en comptes de que aquest ens ajudi a viure millor.Ha quedat clar que tot el que els humans no aprenem per discerniment, ho aprendrem amb sofriment, i que conjuntar el que pensem i fem es essencial si no volem continuar “malalts” com fins ara. Segurament que aquest pot ser un dels millors moments per començar a prioritzar lo substantiu i intentar prescindir de lo superflu. Però canviar els hàbits de la nostra espècie s’ha demostrat sempre complicat, i molt més els que tenim amb la natura. Ens volen fer creure que el que ens passa és culpa de la naturalesa, per fer-nos oblidar que nosaltres també som naturalesa, que som una espècie entre les espècies. Una espècie que ha desencadenat l’escalfament global, la desaparició d’una biodiversitat que és essencial per protegir també la salut de les persones. Això constitueix una emergència medioambiental que està provocant la sexta extinció massiva de la història del planeta, un fet que ens allunya de la creença antropocèntrica de considerar-nos el centre de “tot”. Oblidem que la resta d’essers vius pateixen també les seves pròpies pandèmies, i que segurament la més grossa és la que nosaltres els hi provoquem. Assumim ja que els únics culpables som nosaltres i la nostra incapacitat de respectar el món que ens envolta.

Però no ens deixem enganyar ni culpabilitzem a tota la Humanitat, quan és el 1% d’aquesta la principal causant del canvi climàtic. Els que provoquen els desequilibris de l’ecosistema planetari són els que controlen els mitjans de producció i les fonts d’energia, les multinacionals que dirigeixen el sistema de poder i re/producció en xarxa, apropiant-se de la força productiva i dels recursos naturals per aconseguir, a qualsevol preu, la màxima acumulació de benefici. Les grans corporacions que fan treballar el sistema perquè uns ciutadans captius comprin una visió despolititzada del problema convertint l’ecologia de masses en anestèsica disfressada de la glamurosa ideologia del green-washing, per continuar devorant la Terra i la naturalesa. Hem de reconèixer que nosaltres formem part d’aquest percentatge, utilitzant i fomentant les jerarquies de gènere, la violència colonial i la dominació tecnològica de la naturalesa, per assegurar-nos el benefici i la nostra expansió. Es una pandèmia provocada per la nostra manera de viure en un món globalitzat basat en la colonització depredadora, econòmica i cultural, en front d’un model de planetització integrador de la diversitat.

Ara veurem com apareixerà el capitalisme més comprensiu per injectar en massa diners públics, és a dir de tots, buscant un rescat universal que garanteixi l’ordre establert per no fer perillar l’estabilitat mundial, evitant espasmes col·lectius que acabin generant revoltes i desordres socials. S’aplicaran tot de mesures per donar tranquil·litat i mantenir un cert nivell de vida per la població perquè segueixin sent productors i consumidors del sistema, i sobretot perquè no modifiquin la distribució de poder i riquesa. El sistema torna a recorre a les mateixes fórmules per recuperar el model de l’Estat del benestar que va utilitzar per superar la crisi de la Segona Guerra Mundial. Busca la generació d’una pau social que permeti alimentar l’estatut existent venent l’evolució com la solució conformista i complaent enfront de la revolució imprescindible per canviar el rumb cap el col·lapse en el que estem encaminats.

Resulta molt indicatiu que la paraula que el diccionari d’Oxford hagués seleccionat per explicar l’any 2019 fos emergència climàtica i que un any després coronavirus la substituís en aquest honor. Les conseqüències substitueixen un origen de problema ja avisat.

La pandèmia ens ha encarat amb les nostres vides, l’entorn, la societat i el món que hem construït, però aquest desconcert distòpic també ha servit d’aprenentatge sobre moltes realitats que no volíem veure. Ens vam quedar sols enmig d’un problema de tots que ha generat una infinitat d’experiències personals, professionals i col·lectives. Aquestes vivències són ja la base de noves relacions, iniciatives i objectius que han d’ajudar a canviar les prioritats i les pautes de comportament de tothom. Si la Pesta Negra, la pandèmia de pesta més devastadora de la historia de la Humanitat que va arribar a matar a la meitat de la població, va ser l’antecessora del Renaixement… podria ser que aquesta pandèmia de la Covid19 sigui la guspira que obri el camí a un canvi estructural de la Humanitat? Tampoc ens podem autoenganyar massa pensant que d’aquesta experiència en sortirà una nova societat capaç d’entendre el veritable valor de la vida. Seria una mica ingenu creure que ara si que serem capaços de canviar gràcies al coneixement adquirit aquest últim any després de contemplar els resultats de segles de guerres, pandèmies i crisis on poc s’ha arribat a aprendre. Potser perquè hem d’assumir que l’únic valor de la vida és la lluita constant i diària de les persones anònimes que fan que tot segueixi tirant cap endavant. Unes persones que durant aquesta pandèmia s’han visibilitzat com les més imprescindibles, les que mai han deixat de lluitar per la vida de tothom. Unes persones anònimes que creuaven les ciutats buides de cotxes i amb la població confinada per anar als seus llocs de treball perquè tots poguéssim seguir resistint des dels petits apartaments –en la majoria dels casos- aprenent a teletreballar o senzillament digerint la desesperació de no saber com tirar endavant.

Les persones són la societat, no ho són les institucions ni els seus representants, i cap a elles hem de girar la mirada per construir una societat més inclusiva després d’haver comprovat com a dalt de la piràmide el rei despullat està totalment perdut. Els líders són la resposta fàcil; és més fàcil creure que pensar, però sense assumir el risc de la diversitat i la complexitat és impossible de generar singularitat. En la diversitat hi ha la vida.

Aquest temps de reflexió personal i col·lectiu d’aquest confinament, ens ha permès veure com aquelles petites i grans coses que ens acompanyen en el dia a dia, i que moltes vegades no els hi donem importància, són essencials per la nostra felicitat. Detalls com la companyia del veí que mai t’havies adonat que existia, d’aquell sol que entra per la finestra a l’hora d’esmorzar, la ventilació creuada que fa que no tinguem d’encendre l’aire condicionat de l’anunci, la terrasseta que semblava que no faríem servir però que ara els veïns no entenen com no la van reclamar quan van comprar el seu pis, aquell espai de privacitat o el de teletreball que mai hauries pensat que necessitaves i ara trobes a faltar. Tot allò que la estandardització de la forma de vida que no entén de persones, sinó només de metres quadrats i de normatives, i que no permet que la teva llar sigui realment teva i per tu, ha esdevingut la base sobre la qual començar a reflexionar.

La ciutat, la màquina més complexa creada per l’home, ha mostrat totes les seves mancances. I amb ella s’ha oberta una reflexió estructural sobre la seva mobilitat, l’espai públic, els espais de treball, l’oci, els espais d’aprenentatge, etc. Les ciutats durant la pandèmia s’han tornat presons per tothom qui no se’n podia escapar, posant en qüestió les comoditats de la seva densitat i dels serveis que proporcionen en front de la qualitat de vida i salut que proporciona el contacte amb la natura. La ciutat geodèsica en la que somiava en Richard Buckminster, construïda ara amb la pol·lució, ens separa de la naturalesa, del planeta i de la vida no antropocèntrica. Deixar-nos colonitzar per la naturalesa i trobar la forma de diàleg, comprensió i solidaritat amb ella és una de les urgències que reclamem després d’aquests mesos de reflexió confinats. Però les ciutats són molt feixugues i lentes de canviar, són les maneres com les utilitzem molt més fàcils de modificar. Tornem llavors a posar al centre de la ciutat a les persones, a entendre la diferència entre desenvolupament i progrés, progrés conscient, evolució. Sense dramatitzar, però tampoc oblidant. Aprenent del que hem viscut, traient conclusions del que hem reflexionat i passant a l’acció conscients de la urgència dels canvis que necessitem implementar.

Una vegada superat el tsumani més destructiu d’aquesta pandèmia hem de trencar el distanciament social imposat per enfortir totes les formes de relacionar-nos i comprendre’ns per així ser capaços d’ajudar-nos, defensar-nos i estimar-nos. Aprofitem més que mai la inèrcia per construir els impossible col·lectius que sempre hem anhelat i pels que treballem. Ens han educat per controlar-ho tot, per ser amos del nostre destí però no per construir un destí comú, compartit i de desitjos d’un món més just socialment i respectuós mediambientalment. Aprenguem que en la falta de control podem trobar la serenitat que necessitem. Serem capaços així d’exercir la nostra responsabilitat de saber com volem organitzar el nostre món per formar part de la solució del planeta en el que ens agradaria viure? Volem reconstruir el món com el vam deixar abans de la pandèmia o construir una nova oportunitat sumant tot el coneixement adquirit?.

Aquestes són les grans preguntes i al mateix temps el gran repte pels quals tenim de treballar. La vida és una malaltia amb una taxa de mortalitat del 100%, que es transmet sexualment, assumim que no tenim cap protecció contra la vida, fem-nos mereixedora d’ella i gaudim-la al màxim!

Marc Chalamanch, 2021

Fotografia Enrique González Díaz, 2021

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